A continuación emprendió la composición de su última obra, el Requiem, que no conseguiría terminar. Las circunstancias un tanto misteriosas bajo las que nació esta obra han dado origen a una leyenda romántica…
El conde Franz von Walsegg-Stuppach era un gran aficionado a la música. La muerte de su joven esposa (que no había cumplido los 21 años de edad), hizo que, en su honor, compusieran una misa de réquiem excepcional. Y esta composición fue encargada a Mozart. El conde prefirió llevar todo el asunto en secreto y para ello envió al abogado Sorschan a hacer a Mozart el encargo. Este misterioso enviado (que según Constanze, esposa de Mozart, era “alto y delgado, con sombrero y con traje gris”) visitó a Mozart y le rogó secreto total. Prometió pagárselo muy bien, pero no dijo quién era ni de parte de quién iba.
Mozart escribió esta última obra en la cama, pues su salud, que había ido empeorando progresivamente en las últimas semanas, decayó con rapidez, y casi no podía levantarse. Era plenamente consciente de que se acercaba su fin y más de una vez dijo que con el Requiem componía la música de sus propios funerales. También pensaba que el misterioso enviado era un mensajero del Destino. Empeoró rápidamente, y la velada antes del día de su muerte, aprovechando una mejoría en su estado, fueron a su casa algunos amigos para interpretar los fragmentos que había compuesto del Requiem. Sólo llegaron hasta el Lacrimosa, porque el resto no estaba terminado.
Cabe decir que de los doce fragmentos de que consta la obra, sólo dos son enteramente de Mozart: el Introito y el Kyrie. Los seis siguientes los dejó en estado de avanzado esbozo, con las partes vocales terminadas e indicaciones para la orquestación. El Sanctus, el Benedictus y el Agnus Dei no pertenecen en absoluto al músico.
Tras esta velada anteriormente mencionada, Mozart empeoró rápidamente y poco antes de la una de la madrugada de ese mismo día moría plácidamente. Había perdido el conocimiento unas cuatro horas antes. Pero cuando el doctor Closset le aplicó unas compresas frías sobre la frente reaccionó y, sin recobrar el conocimiento, “sus labios murmuraban el sonido de los timbales de su Requiem”…
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